lunes, 8 de octubre de 2012

EL LLANTO ABANDONADO

Era tarde en el oscuro bosque.
Los árboles dormían inquietos. El viento, golpeando sus ramas, anunciaba un día de tormenta.
Los animales estaban ausentes, se resguardaban entre ellos, y el bosque silencioso estalló en un gran lamento.
Un llanto  abandonado resonaba a través de la tierra húmeda y vibraba en las hojas secas provocando una sensación acústica de lluvia tierna.

Una mujer se escondía creyendo haber pecado.

El llanto reclamaba algo que ni él podía descifrar, era un vacío incierto que no lograba apaciguar.
La mujer sollozaba, mientras escapaba de un llanto que había tratado saciar en su pecho desnudo.

-No puedo dejarte, pero tampoco me puedes acompañar. Tu llanto inunda mis entrañas y me arrastra con su fuerte corriente. No soy tu madre  pero todo te lo he dado, y ya no se qué hacer con tu infelicidad. Quizás haya otra mujer que te sepa consolar.

A la mañana y sin aviso, el llanto dejó de llorar y entonando bellos cantos el corazón de una muchacha logró ablandar.

-¿Quién te dejó aquí en el bosque? Pero si eres muy dulce y muy bonito. Pareces desamparado, te llevaré conmigo.

Él con sus carantoñas conquistó rápidamente a la muchacha, pero al pasar un tiempo a solas se volvió exigente y empezó a llorar a todas horas.
La muchacha lo bañó, lo acarició, le dio comida y le cantó todas las nanas que conocía, pero el niño rechazaba todo el cuidado que se le brindaba.

-¿Qué te pasa? ¿Es qué no soy buena contigo?

La muchacha se sentía fracasada sin sentido.

-Debo ser una mala mujer para no poder calmar tu llanto desvalido.

Y de tanto dedicarse dejó de comer, de cepillarse el pelo, de bañarse y de cuidar de su casa.

Débil y ahogada decidió que ya no podía hacer nada y lo dejó en una casa abandonada.

Pasaron algunos días, y él permanecía solo sin ser rescatado.

Lloraba fuerte, lloraba desgastado, lloraba todo lo que podía sin ningún resultado.

Cuando el hambre se le clavó en el estómago como mil cuchillos afilados, vio que podía andar y que podía nutrirse de algunos frutos caídos.
Cuando tuvo ganas de orinar y luego de evacuar, pudo buscar un lugar con suficiente intimidad.
Cuando no pudo dormir por la noche, a sí mismo se pudo abrazar.
Cuando la suciedad no le dejaba respirar por su propio hedor se dio cuenta que podía ir al río a limpiar su piel curtida.
Cuando llegó al río vio su reflejo y se sorprendió:
-Dios mío, si soy un hombre y yo que creía que aun era un niño.


Y salió corriendo a buscar a una mujer, aunque de camino, cierto canto femenino, le hizo retroceder.

-¿Quién canta tan dulce melodía?

Siguiendo su intuición auditiva dio con el enigma. Dos ojos grandes y humedecidos le miraban hacia arriba.

- ¿Quién te dejó aquí sola y abandonada? Eres frágil y muy linda. Ven conmigo, te daré calor y te traeré comida.

Y así el hombre tropezó con su propia piedra. Pues la muchacha al poco rato empezó un llanto de rabieta. Él trató de saciarla, pero la chica no daba tregua, y eso que él limpió sus heridas con su propia lengua.
Pasaron los días y él quedó agotado, se sentía solo y fracasado. Él a la mujer  quería, pero su infelicidad le parecía un callejón sin salida.

- Debo dejarte, o acabarás con mi propia vida. Ahora veo que he sido tan egoísta... Buenas mujeres me han acogido, y yo las he tratado como tú haces ahora conmigo. Debo pedirles perdón por haber absorbido su gran corazón.

Y con solo decirlo se sintió perdonado, y por fin su llanto desesperado consiguió mantener bien dominado. Y desde entonces es un hombre felizmente casado, con una mujer a la que cada día le hace un regalo y a la que abraza por las noches sin necesidad de ser él abrazado.

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