A Matilda, de vez en cuando, le dolía mucho la muela.
Cuando le dolía su humor era insoportable.
Cuando le dolía, le dolía. No podía hacer nada por calmar su dolor.
Martín, que la quería mucho, untaba su tobillo derecho con pomadas carísimas, le ponía vendas traídas de lejanas montañas, acariciaba su articulación con dulzura y devoción.
Un día Matilda acudió a ver a su abuela llorando desesperada.
-Abuela Dolores, ¡Estoy tan triste, tan desconcertada! Yo creí que martín me quería, sin embargo cuando el dolor de muela me visita él no hace nada en absoluto, nada, solo se distrae haciéndome no se que absurdas cosas en el tobillo derecho. no me quiere nada abuelita, nada!
-¿Y tu que haces por él querida nieta? ¿Cómo le cuidas?
-Yo cuido de sus muelas, le doy medicinas para que nunca lleguen a dolerle, para que ni siquiera note un leve pinchazo en ellas.
-Pues quizás sería mejor que pusieras atención a su tobillo derecho o que buscaras a alguien aquejado de tus mismas penas.
Matilda salió de casa de su abuela sin entender una sola palabra, pues no le interesaba descubrir los dolores de su anhelado amado más de lo que le interesaban sus propias quejas.
-¡Qué sabrá la abuela Dolores!
Y así siguió agarrada a su dolor de muela mientras Martín encontraba a quién cuidaba de su tobillo y descubría el dolor de cabeza de su compañera al verse sanado y atendido.
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