sábado, 15 de diciembre de 2012

CUCAU

Cucau era el hermano pequeño de Ricardo y Alberto.
Hacía seis años, más o menos, que la muerte se lo había llevado.
Su padre, José, había enterrado sus recuerdos para siempre en lo mas hondo de la tumba de su hijo.
Decidió no acordarse de nada de después de la guerra.
Tanto quiso olvidar su temprana pérdida que en cuestión de un año no sabía ni quién era.
Su mujer, vital y fuerte, lo llevaba del brazo, lo bañaba y le daba caldos, zumos y a veces cacahuetes.
Poco a poco había olvidado tanto, que ya no recordaba como masticar, como vestirse, llegó a tal punto que desaprendió la simple lógica del lenguaje humano, la mecanica de los sentimientos y hasta la naturaleza de actos tantas veces repetidos que se habian tornado inconscientes.

Una mañana, porfin, la muerte le visitaba:

-Llegas tarde, demasiado.
-Llego a mi hora. Soy de lo más puntual.
-No es posible, o te adelantaste hace seis años.
-No puedo haberme adelantado. Nunca antes me ha pasado.
-Entonces, si tus acciones fueron premeditadas, lo siento, pero no creo que pueda perdonarte nunca.
-¿Perdonarme? Eso es nuevo, siempre son los otros los que me imploran. ¿De qué tienes que perdonarme tu, simple humano moribundo?
-Te llevaste a mi hijo cuando aun era joven. Te lo llevaste antes que a mi.
-A veces passa, no muchas, entiendo que te haya hecho sufrir.
-No es sufrimiento lo que he tenido, más bien odio inmundo hacia ti. Quería que llegara mi hora para poderte escupir. Concedeme al menos una última voluntad.
-No creo que pueda concederte nada. No es mi estilo. Yo soy más de quitar que de dar.
-Tengo una esposa y dos hijos, déjales tranquilos, déjales vivir y gozar.
-Yo no decido a quien me llevo amigo, eso es cosa de las sombras, de lo que manda y mandará.
-En mis tiempos de soldado, muchas veces te acercaste. ¿Escapé yo de tus manos o simplemente me olvidaste?
-Con la guerra es otra cosa, no doy a basto, se me escapan algunas vidas de vez en cuando y arrebato otras que me quedan más a mano.
-Quizás tenía algún sentido haber muerto en el campo de batalla. Ver a mi hijo en la cama postrado me dejó sin aliento y desesperado. ¿Cuanto quise a mi hijo?
-Parece que tanto como un padre.
-No estoy seguro de que muriera sabiendo el vacío que me dejaba.
-Los hijos saben que sus padres les aman.
-Llegaste tarde bella dama a mi lecho.
-Llegué a mi hora, ni más ni menos.
-No es posible, estoy seguro, que morir después que un hijo tiene que ser un error tuyo.
-A veces la vida pesa demasiado en algunos, recuerdo que tu hijo se lanzó a mis brazos sereno y muy tranquilo. Me dijo algo así como "No estoy hecho para tantos límites, mi cuerpo no acompaña mis ansias de vida, me siento prisionero en este templo humano,  siento que dentro mío algo crece y está a punto de desgarrar mi piel. Gracias amiga por darme alas, ahora me expando satisfecho y por fin encuentro mi verdadera forma, la de no ser forma alguna. Cuidaré de los mios mejor si puedo transformarme en aire, tierra, agua en sol o en sombra".
-Entonces él cuidará de los nuestros.
-Pidió tu ayuda, por eso vine.
-Entonces gustoso me iré contigo.
-Ven despacio, pronto volveras a ser padre e hijo. 

Y en su último aliento dejó dibujada para siempre su sonrisa oxidada.

A mi abuelo y a mi tio.

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