lunes, 17 de septiembre de 2012

AZABACHE

Azabache era una princesa india.

Azabache estaba a punto de convertirse en mujer y tener que casarse, pero su corazón estaba totalmente vacío.


Azabache nació con la más larga y negra de las cabelleras. Cuando salió del vientre de su madre, fue necesario hacer una cadena de mujeres que se pasaban a la recién nacida de unas a otras tratando de sacar aquel cabello que parecía no acabarse nunca. Por desgracia el pelo quedó atrapado en el corazón de la madre, arrancando su última exhalación en el tirón final. Azabache cuidaba constantemente de su cabello,lo nutría con dulces aceites, lo acariciaba, lo cepillaba y por las noches, a él se abrazaba.

Azabache era una princesa por todos pretendida, pero ella no sabía qué era el amor. Jamás lo había sentido. Su corazón era frío, inerte como una piedra.

Azabache nunca había sonreído, nunca había jugado, jamás una lágrima había acariciado sus mejillas, nunca había bailado, el cuidado de su larga cabellera era lo único de lo que se había ocupado. En su cabello ella se enrollaba, luciendo así curiosos vestidos, en él cargaba frutos , flores y ramas. Con él se cepillaba los dientes y su cuerpo frotaba. Y con él se resguardaba del frío, o incluso se abanicaba.
 

Azabache no tenía padre, porqué había muerto en la batalla.


Quien se casara con Azabache sería el próximo Rey.

"Azabache debe elegir con su corazón a su marido, el hombre que intente incumplir mi última voluntad, no solo traerá desgracia a la tribu, sino que infeliz y agonizando en poco tiempo morirá".
Esas habían sido las últimas palabras del antiguo Rey, que había muerto por una herida de flecha que le atravesó el corazón. La gente decía que el amor le había matado, pues era un Rey muy sensible, protector y muy estimado. Así pues, sus últimas palabras todos respetaron sin altercado alguno.


Pero el momento de Azabache había llegado, y Azabache era una mujer que quería cumplir con sus obligaciones de princesa...Pero las palabbras de su padre resonaban demasiado fuertes en su cabeza.

Ante la presión de los consejeros de la tribu y el desorden que se había instalado a causa de la falta de gobernador, Azabache decidió visitar a una vieja hechicera que vivía aislada.

 -Debo elegir marido con mi corazón, pero lo tengo totalmente vacío. Jamás derramé lágrima alguna y nunca hasta el momento he sonreído. ¿Qué debo hacer?

-Tu corazón está prisionero, condenado por ti misma. Debes deshacerte de tu carcelero y liberar a tu corazón inocente. Toma esta navaja, un buen Rey sabrá lo que tiene que hacer con ella para aniquilar a tu celador.

Azabache volvió a la tienda muy aturdida y organizó una audiencia para elegir a su prometido.

 El primer pretendiente entró en la tienda de la princesa. Era uno de los indios más ricos, un comerciante, un hombre que, sin duda, estaba considerado uno de las mejores opciones como marido.

-Toma esta navaja y libera mi corazón.- Le dijo Azabache a su primer pretendiente.

-Yo nunca te haría daño querida Azabache.- El pretendiente contestó pensando que la prueba era en realidad una trampa y que él había acertado no cayendo en ella.
Azabache no sintió nada.

-No eres tu, lo siento,vete y busca una mujer que aprecie tu bondad. El siguiente.

El segundo pretendiente era el guerrero más popular, un digno sucesor del padre de Azabache, un hombre que había sostenido al Rey en su último suspiro, un hombre que nunca había sido derrotado.

 -Toma esta navaja y libera mi corazón.- Dijo Azabache.

El chico quedó atónito, casi sin respiración. De repente se levantó y sin tan siquiera despedirse salió corriendo de la tienda.

El tercero era un artista muy reputado dentro de la tribu. Un hombre conocedor de todas las artes y a menudo visitado por musas inspiradoras.

 -Toma esta navaja y libera mi corazón.

El artista, haciendo gala de su talento, cogió una manzana y ayudándose de la navaja la convirtió en un corazón humano, con sus músculos, sus ventrículos y sus cavidades. Luego se lo entregó a la princesa y le indicó que se lo comiera.
 La princesa lo hizo, pero tampoco sintió nada esta vez.

 El resto de candidatos ni siquiera se presentaron, creyeron que la princesa había perdido el juicio y empezaron a especular sobre sus facultades para elegir un buen rey.

Entonces, Pequeño Sapo Pantanoso, el encargado de la limpieza de la tribu caminó tranquilo y seguro hacia la tienda. Era un chico callado, y con pocos atributos físicos. Escuálido, con un ojo desviado, una nariz demasiado larga y unos labios demasiado carnosos.

-Toma esta navaja y libera mi corazón.

-Está bien, espero que podáis perdonarme princesa.

Y Pequeño Sapo se acercó a ella con la navaja firme en su mano. La princesa ni siquiera sintió miedo. Cuando se encontraron frente a frente cogió la preciosa y larga cabellera de Azabache y la corto de un solo navajazo.
Azabache de repente escuchó un fuerte estallido que venía de muy lejos, de muy adentro de sí misma.
Mientras ella lloraba y pataleaba, él la sostenía y la esquilaba hasta dejarla sin un solo cabello. Azabache al ver su pelo en el suelo lloró desconsolada, lloró por su madre, lloró su culpa, lloro por no haber abrazado a su padre, lloró por tener que casarse con un hombre tan feo.

-Dios mio Azabache, te ves horrible sin tu pelo.- Dijo el futuro Rey.
Azabache, que sentía un caballo galopando en su pecho, aturdida y descontrolada le pego una bofetada, y después de un corto silencio estalló en una gran carcajada y luego en un llanto nuevo y distinto al anterior llanto, y luego en otra carcajada distinta, y agotada de tantas emociones, se sintió de repente sobresaltada.
- Dios mío, ¿Podrás quererme con este aspecto?

-Tu cabello era precioso Azabache, pero tu llanto y tu sonrisa son de una belleza inigualable, pura, verdadera, antes tenías un bonito pelo, ahora eres una mujer bella.

Pequeño Sapo la abrazó contento, y una gran carcajada se oyó en toda la tribu.
Una carcajada que anunció la inminente y duradera boda y un futuro Rey bondadoso que supo reinar con humildad y sensibilidad.
Cuando Azabache murió desgarrada al dar a luz a su tercer hija, los hermanos de esta le repitieron las palabras que su madre les había enseñado.
"Querida hermana, tu madre y la nuestra nos ama y dio su vida gustosa para que pudiéramos respirar cada mañana. Llora, ríe, y deja galopar a tu corazón alegre o enfadado y ten cuidado, a veces aquello que creemos que nos protege, en realidad, nos mantiene encarcelados."

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