Giorgio sentía dentro unas ganas de crear que no le dejaban vivir tranquilo.
Giorgio quería ser escritor, luego pensó que quizás podría ser músico, más tarde trató de bailar, después de fracasar como bailarín trató de dirigir una obra de teatro, en otra ocasión trató de convertir una piedra en una estatua, luego un día pensó en dibujar...Pero nada, todo le salía raro, incomprensible, y él se juzgaba, se sentía inseguro y pronto, demasiado pronto abandonaba.
Una noche se despertó sobresaltado.
-Musa inspiradora ¿Tan tarde me visitas?
Se levantó de la cama sudando, su estómago estaba desbocado, su cabeza maquinaba más rápido de lo que era capaz de procesar, sus manos temblaban, las piernas le fallaban, su boca estaba seca, su corazón parecía a punto de explotar.
-Dios mío, musa, déjame tranquilo, no se qué es lo que debo plasmar.
Cerro los ojos en un intento de relajarse, pero sus pensamientos se le presentaban veloces, llenos de imágenes repentinas y cortas.
Fue a la cocina para beber un poco de agua, pero el agua se le desbordaba del vaso mientras trataba de concentrarse en dejar quieta su temblorosa mano.
Abrazó a su mujer y trató de desfogarse, pero ni ella parecía demasiado receptiva, ni conseguía centrarse en levantar su parte de abajo.
Su respiración irregular le mareaba, el aire le faltaba por momentos y en ocasiones le sobraba.
-Musa, no soy creativo, no sé por qué insistes en visitar mi persona. Jamás haré nada exitoso, nada que valga la pena, nada que pueda interesar.
Y de repente se echó a llorar, su frustración salió cómo una cascada de sus ojos secos, balbuceaba palabras inconexas que no eran suyas.
-Ambicioso.
Decía.
-El arte no es tuyo.
Repetía.
-No te pertenece.
Hablaba en boca de otro o de otra. Lloraba un dolor ajeno y desconocido.
-Vosotros los humanos no entendéis nada.
Hablaba sin aliento, sentía la muerte acercarse sigilosa.
-Moriré por tu culpa, por que eres un engreído.
Susurraba sorprendido.
-Solo existo para vivir a través tuyo.
Y entonces comprendió sin entender.
-Espera, aguarda musa, no quiero que por mi culpa tengas que perecer.
Dijo él sabiendo sin saber.
Y entonces se sentó delante de un lienzo en blanco durante cuatro semanas, solo se levantó para besar a su paciente y devota mujer.
Y de allí salió una obra que nunca en vida consiguió vender. Pero conoció la felicidad de crear sin presión y con placer.
No dejó morir nunca más a una musa, y gracias a eso sus descendientes gozaron de una vida de prestigio y poder.
Pues pasados los años, cuando él ya había muerto, su trabajo se convirtió en un referente, en una obra de arte, en un ejemplo mencionado por más de un experto estudiador y en el pan y el vino de algún cotizado marchante.
Y en su tumba rezó para siempre:
"Mi satisfacción ha sido no dejar morir a la musa, el arte pasó a través mio y sólo por eso yo me considero afortunado y muero agradecido"
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